Presentamos aquí los capítulos I-XX del Libro primero del Tomo I de "Historia General de las cosas de Nueva España", de Fray Bernardino de Sahagún (c.1499-1590), obra monumental en la que trabajó durante treinta años, escrita en castellano y en nahuatl y que también es conocida como el Códice Florentino por el manuscrito conservado en la Biblioteca Medicea-Laurenziana de Florencia.

Aunque el autor, fraile franciscano, considera de modo evemerista que los dioses indígenas habían sido hombres divinizados por los naturales, el valor del texto radica en que se basa cuidadosamente en los testimonios verbales de sus informantes indígenas constituidos principalmente por ancianos nahuas.

La edición es de Editorial Patria, México 1989. (págs 37 - 64). El índice de los doce Libros de que consta la obra puede consultarse en la presentación de esta nueva edición facsímil.

 
HISTORIA GENERAL DE LAS COSAS DE NUEVA ESPAÑA
FRAY BERNARDINO DE SAHAGUN

LIBRO PRIMERO
En que se trata de los dioses que adoraban los naturales desta tierra que es la nueva España

CAPITULO I, que habla del principal dios que adoraban y a quien sacrificaban los mexicanos, llamado Huitzilopuchtli

Este dios llamado Huitzilopuchtli fue otro Hércules, el cual fue robustísimo, de grandes fuerzas y muy belicoso, gran destruidor de pueblos y matador de gentes. En las guerras era como fuego vivo, muy temeroso a sus contrarios, y así la devisa que traía era una cabeza de dragón muy espantable que echaba fuego por la boca. También éste era nigromántico o embaidor, que se transformaba en figura de diversas aves y bestias.

A este hombre que por su fortaleza y destreza en la guerra le tuvieron en mucho los mexicanos cuando vivía, después que murió le honraron como a Dios y le ofrecían esclavos, sacrificándolos en su presencia. Buscaban que estos esclavos fuesen muy regalados y muy bien ataviados con aquellos aderezos que ellos usaban de orejeras y barbotes. Esto hacían por más honrarle.

Otro semejante a éste hubo en las partes de Tlaxcalla, que se llamaba Camaxtle.


CAPITULO II, que trata del dios llamado Páinal, el cual, siendo hombre, era adorado por dios

Este dios llamado Páinal era como sota capitán del arriba dicho, porque el arriba dicho, como mayor capitán, dictaba cuándo se había de hacer guerra a algunas provincias. Este, como su vicario, servía de cuando repentinamente se ofrecía de salir al encuentro a los enemigos, porque entonces era menester que este Páinal, que quiere decir «ligero», «apresurado», saliese en persona a mover la gente para que con toda priesa saliesen [a] haberse con los enemigos.

Después de muerto, la fiesta que le hacían era que uno de los sátrapas tomaba la imagen de este Páinal, compuesta con ricos ornamentos como dios, y hacían una procesión con él, bien larga, y todos iban corriendo a más correr, ansí el que le llevaba como los que le seguían. En esto representaban la priesa que muchas veces es necesaria para resistir a los enemigos, que sin saberlo acometen haciendo celadas.


CAPITULO III, trata del dios llamado Tezcatlipoca, el cual generalmente era tenido por dios entre estos naturales desta Nueva España. Es otro Júpiter

El dios llamado Tezcatlipuca era tenido por verdadero dios, y invisible, el cual andaba en todo lugar: en el Cielo, en la tierra y en el Infierno. Y tenían que cuando andaba en la tierra movía guerras, enemistades y discordias, de donde resultaban muchas fatigas y desasosiegos. Decían que el mesmo incitaba a unos contra otros para que tuviesen guerras, y por esto le llamaban Nécoc Yáutl; quiere decir «sembrador de discordias de ambas partes». Y decían él solo ser el que entendía en el regimiento del mundo, y que él solo daba las prosperidades y riquezas, y que él solo las quitaba cuando se le antojaba. Daba riquezas, prosperidades y fama, y fortaleza y señoríos, y dignidades y honras, y las quitaba cuando se le antojaba. Por esto le temían y reverenciaban, porque tenían que en su mano estaba el levantar y abatir. De la honra que se le hacía está adelante, en el Libro Segundo.


CAPITULO IV, trata del dios que se llamaba Tláloc Tlamacazqui

Este dios llamado Tláloc Tlamacazqui era el dios de las lluvias. Tenían que él daba las lluvias para que regasen la tierra, mediante la cual lluvia se criaban todas las yerbas, árboles y frutas y mantenimientos. También tenían que él enviaba el granizo y los relámpagos y rayos, y las tempestades del agua, y los peligros de los ríos y de la mar. En llamarse Tláloc Tlamacazqui quiere decir que es dios que habita en el Paraíso Terrenal, y que da a los hombres los mantenimientos necesarios para la vida corporal.

Los servicios que se le hacían están en el Segundo Libro, entre fiestas de los dioses.


CAPITULO V, trata del dios que se llama Quetzalcóatl, dios de los vientos

Este Quetzalcóatl, aunque fue hombre, teníanle por dios y decían que barría el camino a los dioses del agua, y esto adivinaban porque ante que comienzan las aguas hay grandes vientos y polvos, y esto decían que Quetzalcóatl, dios de los vientos, barría los caminos a los dioses de las lluvias para que viniesen a lluver.

Los sacrificios y cerimonias con que honraban a este dios están escritas adelante, en el Segundo Libro.

Los atavíos con que le adoraban eran los siguientes: una mitra en la cabeza, con un penacho de plumas que se llaman quetzalli; la mitra era manchada como cuero de tigre; la cara tenía teñido de negro, y todo el cuerpo; tenía vestida una camisa como sobrepeliz labrada; no le llegaba más de hasta la cinta; tenía unas orejeras de turquesas, de labor mosaico: tenía un collar de oro, de que colgaban unos caracolitos mariscos preciosos; llevaba a cuestas por devisa un plumaje a manera de llamas de fuego; tenía unas calzas desde la rodilla abajo, de cuero de tigre, de las cuales colgaban unos caracolitos mariscos; tenía calzados unas sandalias teñidas de negro, revuelto con marcagita; tenía en la mano izquierda una rodela con una pintura con cinco ángulos, que llaman el joel del viento; en la mano derecha tenía un cetro a manera de báculo de obispo; en lo alto era enroscado como báculo de obispo, muy labrado de pedrería, pero no era largo como el báculo; parecía por donde se tenía era como empuñadora de espada.

Era éste el gran sacerdote del templo.


CAPITULO VI, se trata de las diosas principales que adoraban en esta Nueva España

La primera destas diosas se llamaba Cihuacóatl. Decían que esta diosa daba cosas adversas como pobreza, abatimiento, trabajos. Aparecía muchas veces, según dicen, como una señora compuesta con unos atavíos como se usan en palacio. Decían que de noche voceaba y bramaba en el aire.

Esta diosa se llama Cihuacóatl, que quiere decir «mujer de la culebra». Y también la llamaban Tonantzin, que quiere decir «nuestra madre». En estas dos cosas parece que esta diosa es nuestra madre Eva, la cual fue engañada de la culebra, y que ellos tenían noticia del negocio que pasó entre nuestra madre Eva y la culebra.

Los atavíos con que esta mujer aparecía eran blancos, y los cabellos los tocaba de manera que tenía como unos cornezuelos cruzados sobre la frente. Dicen también que traía una cuna a cuestas, como quien trae a su hijo en ella, y poníase en el tiánquez entre las otras mujeres, y desapareciendo dexaba allí la cuna. Cuando las otras mujeres advertían que aquella cuna estaba allí olvidada, miraban lo que estaba en ella, y hallaban un pedernal como hierro de lanzón con que ellos mataban a los que sacrificaban. En esto entendían que fue Cihuacóatl la que lo dexó allí.


CAPITULO VII, trata de la diosa que se llamaba Chicomecóatl. Es otra diosa Ceres

Esta diosa llamada Chicomecóatl era la diosa de los mantenimientos, así de lo que come y de lo que bebe. A ésta la pintaban con una corona en la cabeza, y en la mano derecha un vaso, y en la izquierda una rodela con una flor grande pintaban; tenía su cueitl y huipilli y sandalias, todo bermejo; y la cara teñida de bermejo.

Debió esta mujer ser la primera mujer que comenzó a hacer pan y otros manjares guisados.


CAPITULO VIII, trata de una diosa que se llamaba la madre de los dioses, corazón de la Tierra y nuestra abuela

Esta diosa era la diosa de las medicinas y de las yerbas medicinales. Adorábanla los médicos y los cirujanos y los sangradores, y también las parteras, y las que dan yerbas para abortar. Y también los adivinos que dicen la buenaventura, o mala, que han de tener los niños según su nacimiento. Adorábanla también los que echan suertes con granos de maíz y los que agurean mirando el agua en una escudilla, y los que echan suertes con unas cordezuelas que atan unas con otras, que llaman mecatlapouhque. Y los que sacan gusanillos de la boca y de los ojos, y pedrezuelas de las otras partes del cuerpo, que se llaman tetlacuicuilique. También la adoraban los que tienen en sus casas baños o temazcales.

Y todos ponían la imagen de esta diosa en los baños, y llamábanla Temazcalteci, que quiere decir «La abuela de los baños».

Todos los arriba dichos hacían cada año una fiesta a esta diosa, en la cual compraban una mujer y la componían con los ornamentos que eran desta diosa, como parecen en la pintura que es de su imagen, y todos los días de su fiesta hacían con ella areito, y la regalaban mucho, y la halagaban porque no se entristeciese por su muerte ni llorase. Y le daban a comer delicadamente, y convidaban con lo que había de comer, y la rogaban que comiese, como a gran señora. Y estos días hacían delante della ardides de guerra con vocería y regocijo, y con muchas devisas de guerra, y daban dones a los soldados que delante della peleaban por hacerla placer y regocijo.

Llegada la hora cuando había de morir, después de haberla muerto con otros dos que la acompañaban en la muerte, la desollaban, y un hombre o sátrapa vestíase su pellejo, y traíale vestido por todo el pueblo, y hacían con esto muchas vanidades.

Las vestiduras y ornatos desta diosa eran que tenía la boca y barba hasta la garganta teñida con ulli, que es una goma negra; tenía en el rostro como un parche redondo de lo mismo; tenía en la cabeza a manera de una gorra hecha de manta revuelta y añudada; los cabos del nodo caían sobre las espaldas; en el mesmo nodo estaba enxerido un plumaje del cual salían unas plumas a manera de llamas; estaban colgando hacia la parte trasera de la cabeza; tenía vestido un huipilli, el cual en la estremidad de abaxo tenía una cortapisa ancha y arpada; las naguas que tenía eran blancas; tenía sus cutaras o sandalias en los pies; en la mano izquierda, una rodela con una chapa redonda de oro en el medio; en la mano derecha tenía una escoba, que es instrumento para barrer.


CAPITULO IX, se trata de una diosa llamada Tzaputlatena

Esta diosa que se dice Tzaputlatena fue una mujer, según su nombre nacida en el pueblo de Tzaputla. Y por esto se llama «la madre de Tzaputla», porque fue la primera que inventó la resina que se llama úxitl, y es un aceite sacado por artificio de la resina del pino que aprovecha para sanar muchas enfermedades; y primeramente aprovecha contra una manera de bubas o sarna que nace en la cabeza, que se llama cuaxococihuiztli; y también contra otra enfermedad es provechosa asimismo, que nace en la cabeza, que es como bubas, que se llama chacuachicihuiztli; y también para la sarna de la cabeza. Aprovecha también contra la ronquera de la garganta. Aprovecha también contra las grietas de los pies y de los labios. Es también contra los empeines que nacen en la cara o en las manos. Es también contra el usagre. Contra otras muchas enfermedades es bueno.

Y como esta mujer debió ser la primera que halló este aceite, contáronla entre las diosas y hacían la fiesta y sacrificios aquellos que venden y hacen este aceite que se llama úxitl.


CAPITULO X, se trata de unas diosas que llamaban cihuapipilti

Estas diosas llamadas cihuapipilti eran todas las mujeres que morían del primer parto, a las cuales canonizaban por diosas, según está escripta en el Libro Sexto, en el capítulo veinte y ocho. Allí se cuenta de las cerimonias que hacían a su muerte, y de la canonización por diosa. Allí se verá a la larga.

Lo que en el presente capítulo se trata es de que decían que estas diosas andan juntas por el aire, y aparecen cuando quieren a los que viven sobre la tierra, y a los niños y niñas los empecen con enfermedades, como es dando enfermedad de perlesía, y entrando en los cuerpos humanos. Y decían que andaban en las encrucijadas de los caminos haciendo estos daños. Y por esto los padres y madres vedaban a sus hijos y hijas que en ciertos días del año en que tenían que descendían estas diosas que no saliesen fuera de casa, porque no topasen con ellos destas diosas, y no los hiciesen algún daño. Y cuando alguno le daba perlesía o otra enfermedad repentina, o entraba en él algún demonio, decían que esta diosa lo había hecho.

Y por esto las hacían fiesta, y en esta fiesta ofrecían en su templo, o en las encrucijadas de los caminos, pan hecha de diversas figuras: unos, como mariposas; otros, de figura del rayo que cae del cielo, que llaman xonecuilli; y también unos tamalejos que se llaman xucuichtlamatzoalli, y maíz tostado que llaman ellos ízquitl.

La imagen destas diosas tiene la cara blanquecina, como si estuviese teñida con color muy blanco, como es el tízatl; lo mismo los brazos y piernas. Tenían unas orejeras de oro; los cabellos tocados como las señoras, con sus cornezuelos; el huipil era pintado de unas olas de negro; las naguas tenían labradas de diversos colores; tenía sus cutaras blancas.


CAPITULO XI, se trata de la diosa del agua que la llamaban Chalchiuhtli Icue. Es otra Juno

Esta diosa llamada Chalchiuhtli Icue, diosa del agua, pintábanla como a mujer. Y decían que era hermana de los dioses de la lluvia, que llaman tlaloques. Honrábanla porque decían que ella tenía poder sobre el agua de la mar y de los ríos, para ahogar los que andan en estas aguas, y hacer tempestades y torbellinos en el agua, y anegar losnavíos y barcas y otros vasos que andan por el agua.

Hacían fiesta a esta diosa en la fiesta que se llama etzalcualiztli, que se pone en el Segundo Libro, en el capítulo séptimo. Allí está a la larga las cerimonias y sacrificios con que la festejaban. Allí se podrá ver.

Los que eran devotas a esta diosa y la festejaban eran todos aquellos que tienen sus granjerías en el agua, como son los que venden agua en canoas, y los que venden agua en tinajas en la plaza.

Los atavíos con que pintaban a esta diosa son que la pintaban la cara con color amarilla, y la ponían un collar de piedras preciosas de que colgaba una medalla de oro. En la cabeza tenía una corona hecha de papel pintada de azul claro, con unos penachos de plumas verdes y con unas borlas que colgaban hacia el colodrillo, y otras hacia la frente de la misma corona, todo de color azul claro. Tenía sus orejeras labrada de turquesas de obra mosaica. Estaba vestida de un huipil y unas naoas pintadas de la misma color azul claro, con unas franjas de que colgaban caracolitos mariscos. Tenía en la mano izquierda una rodela con una hoja ancha y redonda que se cría en el agua; la llaman atlacuezona. Tenía en la mano derecha un vaso con una cruz hecho a manera de la custodia en que se lleva el sacramento cuando uno solo le lleva, y era como cetro desta diosa. Tenía sus cutaras blancas.

Los señores y reyes veneraban mucho a esta diosa, con otras dos que era la diosa de los mantenimientos, que llamaban Chicumecóatl, y la diosa de la sal, que llamaban Huixtocíhuatl, porque decían que estas tres diosas mantenían a la gente popular para que pudiesen vivir y multiplicar.


CAPITULO XII, trata de la diosa de las cosas carnales, la cual llamaban Tlazultéutl. Es otra Venus

Esta diosa tenía tres nombres: el uno era que se llamaba Tlazultéutl, que quiere decir «la diosa de la carnalidad»; el segundo nombre es Ixcuina. Llamábanla este nombre porque decían que eran cuatro hermanas: la primera era primogénita o hermana mayor, que llamaban Tiacapan; la segunda era hermana menor, que llamaban Teicu; la tercera era la de medio, la cual llamaban Tlaco; la cuarta era la menor de todos, que llamaban Xucotzin. Estas cuatro hermanas decían que eran las diosas de la carnalidad. En los nombres bien significa a todas las mujeres que son aptas para el acto carnal. El tercero nombre desta diosa es Tlaelcuani, que quiere decir «comedora de cosas sucias», esto es que, según decían, las mujeres y hombres carnales confesaban sus pecados a estas diosas cuanto quiera que fuesen torpes y sucias, que ellas los perdonaban.

También decían que esta diosa o diosas tenían poder para provocar a luxuria, y para inspirar cosas carnales, y para favorecer los torpes amores. Y después de hechos los pecados, decían que tenían también poder para perdonarlos y alimpiar dellos, perdonándolos, si los confesaban a los sus sátrapas, que eran los adivinos que tienen los libros de las adivinanzas y de las venturas de los que nacen, y de las hechicerías y agüeros, y de las traditiones de los antiguos, que vinieron de mano en mano hasta ellos.

Pues desque el penitente determinaba de se confesar, iba luego a buscar a alguno de los ya dichos, delante quien se solían confesar, y decíale: «Señor, querríame llegar a Dios todopoderoso, y que es amparador de todos, el cual se llama Yoalli Ehécatl, esto es, Tezcatlipoca. Querría hablar en secreto mis pecados.» Oído esto, el sátrapa decíale: « Seas hayas muy bien venido, hijo, que lo que decís que queréis hacer para vuestro bien y provecho es.» Dicho esto miraba luego el libro de las adivinanzas, que se llamaba tonalámatl, para por él saber qué día sería más oportuno para aquella obra. Y habiendo visto el día que convenía, decíale: «Para tal día vendréis, porque entonces reina buen signo, para que esto se haga prósperamente.» Llegado el día que le había mandado que volviese, el penitente compraba un petate nuevo y encienso blanco, que llaman capalli, y leña para el fuego en que se había de quemar el copalli. Y si el penitente era persona principal o puesta en dignidad, el sátrapa iba a su casa para confesarle, o por ventura el penitente, aunque fuese principal, iba a su casa del sátrapa. Llegado, barría muy bien el lugar donde se había de tender el petate nuevo para ponerse sobre el confesor, y luego encendían fuego y echaba el copal en el fuego el sátrapa, y hablaba al fuego. Decíale: «Vos, señor, que sois el padre y la madre de los dioses, y sois el más antiguo dios, sabed que es venido aquí este vuestro vasallo, este vuestro siervo. Y viene llorando, viene con gran tristeza, y viene con gran dolor, y esto es porque se conoce haber errado, haber resbalado y tropezado y encontrado con algunas suciedades de pecados y con algunos graves delictos dignos de muerte, y desto viene muy penado y fatigado. Señor nuestro, muy piadoso, pues que sois amparador y defensor de todos, recebid a penitencia, oíd la angustia deste vuestro siervo y vasallo. »

Acabada esta oración, el sátrapa volvíase al penitente y hablábale desta manera: «Hijo, has venido a la presencia del dios favorecedor y amparador de todos. Veniste a publicarle tus interiores hedores y pudredumbres. Vienes a abrirle los secretos de tu corazón. Mira que no te despeñas. Mira que no te desbarranques mintiendo en su presencia de nuestro señor. Desnúdate. Echa fuera todas tus vergüenzas en presencia de nuestro señor, el cual se llama Yoalli Ehécatl, esto es, Tezcatlipuca. Es cierto que estás delante dél, aunque no eres digno de verle ni aun que él te hable, porque es invisible y no palpable. Pues mira cómo vienes, qué corazón traes. No dudes de publicar tus secretos en su presencia. Cuenta tu vida; relata tus obras de la misma manera que heciste tus excesos y ofensas; derrama tus maldades en su presencia; cuenta con tristeza a nuestro señor Dios, que es favorecedor de todas y tiene abiertos loa brazos y está aparejado para abrazarte y para tomarte a cuestas. Mira que no dexes nada por vergüenza. Mira que no dexes nada por flaqueza.»

Oído esto, el penitente luego hacía juramento de decir la verdad, de la manera que ellos usaban jurar, tocando la tierra con la mano y lamiendo lo que se le había pegado. Y luego echaba copallien el fuego, que era otro fundamento cerca de decir la verdad. Luego se sentaba delante del sátrapa y, porque le tenía como por imagen y por vicario del dios, comenzábale a hablar desta manera: «Oh señor nuestro, que a todos recibes y ampares, oye mis hediondezas y podredumbres. En tu presencia me desnudo y echo fuera todas mis vergüenzas, cuantas he hecho. No te son, por cierto, ocultas mis maldades que he hecho, porque todas las cosas te son manifiestas y claras. »

Dicho esto, luego comienza a decir sus pecados, por la misma orden que los hizo, con toda claridad y reposo, como quien dice un cantar muy de espacio y muy pronunciado y como quien va por un camino muy derecho, sin desviar a una parte ni a otra. Y acabando de decir todo lo que había hecho, comenzaba luego a hablar el sátrapa, diciendo desta manera: «Hijo, has hablado a nuestro señor Dios diciendo delante dél tus malas obras. Agora también en su nombre te quiero decir lo que eres obligado a hacer cuando descienden a la tierra las diosas llamadas cihuapipilti, o cuando se hace la fiesta de las diosas de la carnalidad que se llaman ixcuiname: ayunarás cuatro días, afligiendo tu estómago y tu boca, y llegado el día de la fiesta destas diosas ixcuiname, luego de mañana o en amaneciendo, para que hagas la penitencia convenible por tus pecados, pasarás la lengua por el medio de parte a parte con algunas mimbres que se llaman teucalzácatlo tlácotl, y si más quisieres, pasarlas has por las orejas, lo uno de dos. Y esto harás en penitencia y satisfacción por tu pecado, no por vía de merecimiento, sino en penitencia del mal que heciste. Traspasarás la lengua por el medio con alguna espina de maguey, y después, por el mismo agujero, pasarás las mimbres. Pasarás cada una por delante tu cara, y acabando de sacarla arrojarla has atrás de ti, hacia las espaldas, y si quisieses de todas ellas hacer una, atando todas, la una con la otra, ora sean cuatrocientas o ochocientas las que hubieres de sacar por la lengua, haciendo esto se te perdonan las suciedades que heciste.»

Y si no tiene muchos ni graves pecados el penitente, dícele el sátrapa delante de quien se confiesa: «Hijo, ayunarás, fatigarás tu estómago con hambre y tu boca con sed, comiendo sola una vez al medio día, y esto cuatro días.» O le mandaba: «Irás a ofrecer papeles a los lugares acostumbrados, y harás imágines. Cubrirás con ellos las imágines que llevares hechas, según tu devoción, y harás en su presencia la cerimonia acostumbrada de cantar y bailar en su presencia.» O le decía: «Has ofendido a dios, ernborrachándote. Conviénete satisfacer al dios del vino llamado Totochti, y cuando fueres a hacer esta penitencia irás de noche, irás desnudo sin que lleves ninguna otra cosa sino un papel delante y otro detrás, para cubrir tus partes vergonzosas. Y cuando hecha tu oración te volvieres, los papeles con que vas ceñido detrás y delante arrojarlos has delante de los dioses que allí están.»

Acabada la confesión y recebida la penitencia, el penitente íbase para su casa y procuraba de nunca más volver a hacer aquellos pecados de que se había confesado, porque decían que si otra vez reincidía en los pecados no tenía remedio.

No hacían esta confesión sino los viejos, por graves pecados como es adulterios, etcétera, y la razón porque se confesaban era por librarse de la pena temporal que estaba señalada a los que caían en tales pecados, por librarse de no recebir pena de muerte, o machucándole la cabeza, o haciéndola tortilla entre dos grandes piedras.

Es de saber que los sátrapas que oían los pecados tenían gran secreto, que jamás decían lo que habían oído en la confesión, porque tenían que no lo habían oído ellos sino su dios, delante de quien sólo, se descubrían los pecados. No se pensaba que hombre los hubiese oído, ni hombre se hubiesen dicho sino a Dios.

Cerca de lo arriba dicho sabemos que aún después acá, en el cristianismo, porfían a llevarlo adelante, en cuanto toca a hacer penitencia y confesarse por los pecados graves y públicos, como es homicidio, adulterio, etcétera, pensando que, como en el tiempo pasado, por la confesión y penitencia que hacían se les perdonaban aquellos pecados en el foro judicial, también agora, cuando alguno mata o adultera, acógese a nuestras casas y monasterios, y, callando lo que hicieron, dicen que quieren hacer penitencia, y cavan en la huerta, y barren en la casa, y hacen lo que les mandan, y confiésanse de allí algunos días, y entonces declaran su pecado y la causa porque vinieron a hacer penitencia. Acabada su confesión, demandan una cédula firmada del confesor, con propósito de mostrarla a los que rigen, gobernador y alcaldes, para que sepan que han hecho penitencia, y confesados, y que ya no tiene nada contra ellos la justicia.

Este embuste casi ninguno de los religiosos ni clérigos entienden por dónde va, por ignorar la costumbre antigua que tenían, según que arriba está escripto, mas antes piensan que la cédula la demandan para mostrar cómo está confesado aquel año. Esto sabemos por mucha esperiencia que dello tenemos.

Dice que se confesaban los viejos, y de los grandes pecados de la carne. Desto bien se arguye que, aunque habían hecho muchos pecados en tiempo de su juventud, no se confesaban dellos hasta la vejez, por no se obligar a cesar de pecar ante de la vejez, por la opinión que tenían que el que tornaba a reincidir en los pecados, al que se confesaba una vez no tenía remedio.

En lo arriba dicho no hay poco fundamento para argüir que estos indios desta Nueva España se tenían por obligados de se confesar una vez en la vida, y esto in lumine natural, sin haber tenido noticia de las cosas de la fe.


CAPITULO XIII, trata de los dioses que son menores en dignidad que los arriba dichos, y el primero déstos es que llaman Xiuhtecuhtli. Es otro Vulcán

Este dios del fuego llamado Xiuhtecuhtli tiene también otros dos nombres: el uno es Ixcozauhqui, que quiere decir «cariamarilla», y el otro es Cuezaltzin, que quiere decir «llama de fuego». También se llamaba Huehuetéutl, que quiere decir «el dios antiguo».

Y todos le tenían por padre, considerando los efectos que hacía, porque quema, y la llama enciende y abrasa. Estos son efectos que causan temor. Otros efectos tiene que causan amor y reverencia, como es que calienta a los que tienen frío, y guisa las viandas para comer, asando y cociendo, y tostando y friendo. El hace la sal y la miel espesa, y el carbón y la cal, y calienta los baños para bañarse, y hace el aceite que se llama úxitl. Con él se calienta la lejía y agua para lavar las ropas sucias y viejas, y se vuelven así nuevas.

A este dios se le hacía fiesta cada año, al fin del mes que se llama izcalli, y a su imagen le ponían todas las vestiduras y atavíos y plumajes del principal señor en tiempo de Motecuzuma. Hacíanla a semejanza de Motecuzuma, y en tiempo de los otros señores pasados hacíanle la semejanza de cada uno dellos. Y puesto en su altar o trono, descabezaban en su presencia muchas codornices. Derramaban la sangre dellas delante dél, y también ofrecíanle copal como a dios, y ofrecíanle unos pastelejos que llaman quiltamalli, hechos de bledos, y estos mismos comían por su honra. En todos los barrios, por su honra, en cada casa antes que los comiesen, los ofrecían al fuego, y ante de ofrecérselos no los comían. Y los sátrapas que estaban diputados al servicio deste dios, que los llamaban ihuehueyohuan, que quiere decir «sus viejos», todo el día hacían areito o danza en su presencia, cantando y bailando a su modo, y tanían caracoles como cuernos, y tanían atambores y teponaztli, que son atambores de madera. Y traían en las manos unas sonajas de trebejos o trebesinas con propósito del cantar. Son a la manera de trebejos o trebesinas con que hacen callar a los niños cuando lloran. Usanse en los campos.

No se cocía pan en comal en este día, y en esto se tenía cuidado de que nadie cociese pan ni otra cosa en comal, porque ninguno se tocase del fuego, por ser el primero día en que se comían y ofrecían los tamales arriba dichos.

En esta misma fiesta los padres y madres de los niños cazaban, unos, culebras; otros, ranas; otros, peces que se llaman xohuiles, o lagartillos del agua que se llaman axólotl, o aves, o cualquier otros animalejos. Y éstos echábanlos en las brasas en el hogar. Y desque ya estaban tostados, comíanlos los niños y decían: «Come cosas tostadas nuestro padre el fuego.»

Y llegada la noche, los viejos y viejas todos bebían uctli, que es vino de la tierra, y del uctli que bebían derramaban ante que bebiesen en cuatro partes del hogar, del uctli que habían de beber. Y a esto decían que daban a gustar al fuego aquella bebida, honrándole como a dios en esto, que era como sacrificio o ofrenda.

Y de cuatro en cuatro años hacíase esta fiesta muy solenne, y hacía areito el señor con todos sus principales delante de la casa o templo deste dios, y en esta fiesta de cuatro en cuatro años no solamente los viejos y viejas bebían vino o pulque, pero todos, mozos y mozas, niños y niñas lo bebían. Por eso se llamaba esta fiesta pillahuano, que quiere decir «fiesta donde los niños y niñas beben el vino o pulcre». Y daban padrinos y madrinas a los niños, y buscábanselos sus padres y madres, y dábanlos algunos dones. Estos padrinos y madrinas llevaban a cuestas a los niños y niñas que eran sus ahijados al templo deste dios del fuego. También le llamaban Ixcozauhqui. Allí, delante dél, agujeraban las orejas a todos los niños y niñas. Señalábanlos desta señal en presencia de sus padrinos y madrinas, que los llamaban imahuihuan, intlahuan. Hecho esto, comían todos juntos padres y madres, padrinos y madrinas, niños y niñas.

La imagen deste dios se pintaban un hombre desnudo, el cual tenía la barba teñida con la resina que es llamada ulli, que es negra, y un barbote de piedra colorada en el agujero de la barba. Tenía en la cabeza una corona de papel pintada de diversas colores y de diversos labores. En lo alto de la corona tenía unos penachos de plumas verdes, a manera de llamas de fuego. Tenía unas borlas de urnas hacia los lados, como pendientes hacia las orejas. Tenía unas orejeras en los agujeros de las orejas, labradas de turquesas, de labor mosaico. Tenía a cuestas un plumaje hecho a manera de una cabeza de un dragón, labrado de plumas amarillas, con unos caracolitos mariscos. Tenía unos cascabeles atados a las gargantas de los pies. Tenía en la mano izquierda una rodela con cinco piedras verdes que se llaman chalchihuites, puestos a manera de cruz sobre una chapa de oro; casi cubría toda la rodela. En la mano derecha tenía una manera de cetro, que era una chapa de oro redonda, agujerada por el medio, y sobre ella un remate de dos globos, otro mayor y otro menor, con una punta sobre el menor. Llamaban a este cetro tlachieloni, que quiere decir «miradero» o «mirador», porque con él ocultaba la cara y miraba por el agujero de medio de la chapa de oro.

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