El texto que publicamos a continuación pertenece a la obra Grandeza y Decadencia de los Mayas (F.C.E. México 1959, ed. 1984), apartado "Realizaciones intelectuales y artísticas", de J. Eric. S. Thompson, de quien ya se ha reproducido aquí uncapítulo de su Historia y Religión de los Mayas.

 
ESCRITURA JEROGLIFICA MAYA
J. ERIC S. THOMPSON

Mesoamérica es la única parte del Nuevo Mundo en donde se desarrolló un sistema de escritura en embrión. Los aztecas y otros grupos de México llegaron a hacer libros, pero la información que ellos contenían en su mayor parte estaba expresada en forma de escritura pictórica; los glifos, también, que aparecen distribuidos aquí y allá en dichos libros o tallados en piedras son, con algunas excepciones, igualmente de la misma naturaleza. Los signos de los días –una serpiente o una casa, por ejemplo– se ilustran mediante dibujos de esos mismos objetos. Aun la escritura rebus parece haber sido extraordinariamente rara antes de que llegaran los españoles. (La escritura rebus es aquella en que para expresar, por ejemplo, la palabra "soldados" se dibuja un sol y en seguida unos dados; o un sol y un as –o mejor todavía un haz– para la palabra "solaz"; es decir, se reproduce el sonido, no el significado.)1 Los glifos aztecas consisten casi enteramente en signos calendáricos y dibujos para personas y poblados, y como tanto unos y otros generalmente tenían nombres de animales o de cosas, su escritura por medio de los respectivos dibujos venía a resultar simple.

Los jeroglíficos mayas estaban esculpidos o, más raramente, incisos en las estelas de piedra, en los altares, en los marcadores y anillos de las canchas de pelota, en escaleras, paneles, paredes de edificios, en dinteles de piedra o madera y en el interior de los techos de este último material. Igualmente fueron modelados en estuco; grabados en los ornamentos personales, como los de jade y de concha; y pintados en vasijas, sobre murales y en los libros. Son estos jeroglíficos mucho más numerosos y más complicados que los de los aztecas.

Los más antiguos glifos podrían corresponder al habla maya de las tierras altas. Por ejemplo, al día Jaguar se le llama Ix o Hix en yucateco, palabra que carece de significado; pero en kekchí, una lengua maya de las tierras altas, Hix es todavía la palabra para jaguar. Es probable que los valores sonoros de muchos glifos correspondan al maya de las tierras bajas de aproximadamente el año 200 d. C., y sean ancestrales, a la vez que recuerdan bastante al chol, chontal, chortí y yucateco que, aún hoy, están estrechamente relacionados. Otros aún, limitados a los códices, son de origen más tardío y corresponden al yucateco del tiempo inmediatamente anterior a la conquista española. Un ejemplo de esto último es el glifo para representar una fuerte sequía, kintunyaabil, pues los elementos que lo integran corresponden al habla yucateca (Fig. 17, núm. 30, izquierda).

Yo no creo que los mayas hayan tenido un alfabeto, como tampoco poseían una escritura silábica, excepto en la medida en que la mayor parte de las palabras mayas son monosílabos. Existe un uso considerable de una escritura fonética simple que podríamos describir como una forma avanzada de escritura en rebus y en la que el dibujo se ha convencionalizado tanto que el objeto original ya no puede reconocerse más. Por ejemplo, el curioso objeto de la figura 17, n úm. 10, es el símbolo para el árbol, te en maya. En el Códice de Dresde lo encontramos combinado con el símbolo para el rojo, con objeto de significar el árbol rojo del Este. El sonido te fue empleado también, aunque sin la más remota conexión con la idea de árbol, como afijo para numerar, al hacer la cuenta de los meses. En los textos jeroglíficos se usa igualmente el mismo símbolo. En la Fig. 17, núm. 13, se ve el tercer (ox)día del mes Zotz' (murciélago): oxte Zotz'. Del mismo modo, un cierto dios de importancia era llamado Bolon Yocte: es un nombre que puede significar algo así como "nueve pasos allí". Sus glifos muestran el número nueve, el glifo para oc, "perro", y el signo te (Fig. 17, núms. 11 y 12), si bien ni el perro ni la madera tienen nada que ver con dicho nombre de la deidad.

De modo parecido, en diversas lenguas mayas u significa "Luna", pero es también el posesivo "de". El glifo lunar, pues, puede referirse al satélite, pero se emplea también como la preposición, y aun puede representar el número veinte (Fig. 17, núm. 6). Un ejemplo del viejo estilo de la escritura en rebus lo proporciona el signo maya para "cuenta". En yucateco la palabra xoc significa "contar", mas al mismo tiempo era el nombre de un pez mítico que habitaba en el cielo y al cual se rendía culto. Como los mayas tenían dificultad en dar a entender en forma glífica una idea abstracta como la de "cuenta", acudieron a la escritura en rebus y usaron la ca beza del pez xoc como glifo para xoc en su significado de "cuenta" (Fig. 17, núms. 15 y 17).

Los glifos ideográficos fueron usados por los mayas más bien en forma extensiva. Por ejemplo, la cabeza del pez xoc no era fácil de tallar y podía confundirse con la cabeza de otros peces o de algunos otros animales –en la mitología maya hay diversos animales que ningún zoólogo puede reconocer–. Consiguientemente, a menudo los mayas sustituyeron la figuración del pez por un ideograma, el símbolo del agua, evidentemente con la idea de que el agua, como el elemento en que viven los peces, recuerda al pez xoc. El símbolo para el agua era la cuenta de jade, debido a que tanto el agua como el jade se consideraban objetos preciosos y de color verde (Fig. 17, núms. 14 y 16). De este modo, jade igual a agua, ésta igual al pez xoc y éste, a su vez, igual a "contar". El sistema era extremadamente complicado.

Un buen ejemplo de un ideograma es la combinación, frecuente por cierto, del glifo para semilla (Fig. 17, núm. 35) con el glifo para tierra: ambos forman, el signo milpa o campo sembrado (Fig. 18 h). No obstante las diferencias que pudieran encontrarse en el nombre que a la milpa le diesen en una lengua maya o en otra, la combinación de los dos signos –semilla y tierra– sería invariablemente reconocida como el lugar para el cultivo del maíz. En el conjunto que forman los glifos (Fig. 18 h), al dios de la lluvia, con su palo sembrador en mano, se le ve caminando encima del glifo del campo de maíz. Los "metaforgramas" constituyen otra característica de la escritura y de otras representaciones gráficas de los mayas. El murciélago vampiro, tan común en las tierras bajas mayas, da motivo para un glifo que los escribas combinaron con el de sacrificio, parece ser que para indicar sacrificio humano o, al menos, un sacrificio que implica el concepto de sangre, metáfora natural si se toma en cuenta el hábito de succionar sangre que tiene el vampiro. De nuevo, aquí el murciélago descansa con la cabeza hacia abajo. Un glifo raro es el que representa al murciélago con la cabeza invertida: se usaba únicamente en el glifo del katún y su número, y servía para indicar que ese katún en particular había llegado a descansar, es decir, que su viaje en la marcha interminable del tiempo había finalizado. ¡Qué metaforgrama tan sorprendente, a la vez que lógico, para una idea abstracta del descanso! Una metáfora maya para sequía fue la de cim cehil, "el cíervo muere". En una escena nos encontramos con la figuración de un ciervo en agonía, y el glifo de sequía (Fig. 17, núm. 30) aparece en el texto al que ilustra el grabado. "El ciervo muere" es una metáfora para la sequía muy severa, porque como en Yucatán no hay corrientes ni estanques, los ciervos agonizan de sed en tiempo de gran sequía. "Maíz en capullo" era una encantadora metáfora maya que se refería a la edad del matrimonio. Los glifos representando el maíz en pleno brote, y que los mayas empleaban en contextos que trataban del casamiento, son metaforgramas particulares para la juventud.

Es necesario tener una idea de los procesos del pensamiento maya para poder comprender sus glifos: un almanaque adivinatorio que se extiende a través de las páginas 31 a 35 del Códice de Dresde presenta cuatro escenas, muy semejantes, con Chac, el dios de la lluvia, sentado sobre una serpiente en espiral, la que, a su vez, circunda un depósito de agua. A juzgar por otras fuentes, podemos estar aquí bastante seguros de que éstas son las arcas de agua de las que los dioses de la lluvia sacan el líquido para esparcirlo sobre la tierra en forma de un alud de gotas. El jeroglífico que indica estos depósitos de agua es una espiral con el número nueve agregado a ella. La espiral es un símbolo común en toda Mesoamérica para significar agua. Al agua especial empleada en los actos rituales se le llama zuhuyha:  ha equivale a agua, zuhuy significa que no está contaminada, que es fresca, virgen; sin embargo, bolon, el término para el número nueve, es usado por los mayas hasta el día de hoy en el sentido también de lo fresco, lo no contaminado, esto es, resulta sinónimo de zuhuy. Así, la espiral del glifo nueve viene a representar, en consecuencia, agua fresca.

La cadena de imágenes que en el modo de pensar de los mayas lleva a la ecuación nueve igual a fresco, no contaminado, es como sigue: la deidad del número nueve es el dios serpiente Chicchan, cuyo símbolo (generalmente llevado sobre su frente) es el signo yax. Este término significa verde, pero también se usa en yucateco con el sentido de nuevo, fresco, primero, primera vez, recientemente nacido. Mediante estas últimas connotaciones, yax alcanza un significado semejante a zuhuy (por ejemplo, zuhuy akab es la caída de la tarde, el principio de la noche: akab es noche, pero yaxokinal, "el sol puesto nuevamente" [recientemente puesto el sol), viene a ser, en términos prácticos, un sinónimo). Una cosa paralela en nuestra cultura sería la representación gráfica de una figura militar sobre una barca o de una mano izada en torno (atributo medieval del desconfiado Santo Tomás), en lugar de usar letras para las palabras Delaware o Misuri. Precisamente debido a esas asociaciones de pensamientos que yacen detrás de muchos jeroglíficos mayas, yo dudo mucho que las computadoras puedan ayudar a desentrañar sus verdaderos significados, tema éste del que me ocuparé más adelante.

Un rasgo bastante notable es que muchos glifos, particularmente calendáricos, tenían dos formas completamente diferentes, las cuales podían usarse indistintamente. Una es una forma de cabeza; la otra es una forma simbólica o ideográfica, por lo general algún atributo o elemento con frecuencia muy convencionalizado, que recordaba el glifo al lector. Es como si fuéramos a escribir "San Pedro" y, en lugar de estas palabras, dibujáramos dos llaves en cruz. Y así, por ejemplo, el día Cimi, "muerte", podía tallarse o pintarse como una cabeza del dios de la muerte o como un símbolo –que por cierto se parece a nuestro signo para porcentaje– que fuese un atributo de ese dios a menudo pintado sobre su cuerpo o en sus ropas (Fig. 17, núms. 22 y 23). Para el iniciado tal símbolo representaba el dios de la muerte, exactamente como las llaves cruzadas recuerdan a San Pedro a nuestros cristianos.

Casi todos los glifos son compuestos y consisten en un elemento principal al cual se le agregan varios afijos. Un prefijo puede estar al lado izquierdo o sobre el elemento principal; el sufijo va a la derecha o debajo de aquél. El factor decisivo para la colocación del prefijo o del sufijo era de naturaleza artística, lo que quiere decir que más bien dependía de cómo llenar mejor el espacio disponible; mas, si se exceptúan unos pocos casos, un prefijo no podía ocupar el lugar de un sufijo y viceversa, sin cambiar el significado del compuesto jeroglífico. El glifo para "cuenta" nos da un buen ejemplo de un compuesto. El elemento principal, como ya lo dijimos, es la cabeza del péz xoc o el signo para el agua, su contraparte; los afijos son preposiciones y adverbios y sirven para modificar el significado. El elemento que se asemeja a una pequeña antorcha y que aparece como un sufijo en todos los ejemplos del citado compuesto (Fig. 17, núms. 14 a 17), representa la preposición locativa ti, "hasta", "en" o "desde"; el prefijo de la izquierda o de arriba es el símbolo para "hacia adelante"; el tercer afijo, que nunca aparece cuando se da el prefijo "hacia adelante", es un sufijo que indica "hacia atrás". Así, los afijos alteran el sentido. En un caso (núms. 14 y 15) el total significa "cuenta hacia adelante hasta"; en el otro caso (núms. 16 y 17), "cuenta hacia atrás hasta [o desde]". Una tal variabilidad (existe la posibilidad de ocho combinaciones ordinarias de estos elementos) no permite que la interpretación de los glifos sea cosa sencilla; pero todo, a fin de cuentas, puede reducirse a los fenómenos de "agregar" o "sustraer".

Los afijos que ha sido posible identificar comprenden adjetivos, adverbios, preposiciones y términos de relación y parentesco. Pero la escritura maya es tan fluida que un afijo puede cambiar de lugar con el elemento principal o puede volverse "infijo" dentro de dicho elemento; o sea, ese afijo puede omitirse, pero agregando su característica más sobresaliente como un detalle en el interior del glifo principal (Fig. 17, núm. 9). De manera parecida, dos glifos pueden fundirse en uno mediante la combinación de los elementos esenciales de ambos para formar un glifo nuevo.

Los mayas escribían oraciones sencillas, pero yo más bien dudo de que hayan tenido afijos para expresar pronombres y tiempos verbales. La verdad es que los verbos son más bien débiles en la lengua maya; podrían describirse como nombres verbales. De este modo, en los almanaques adivinatorios encontramos sentencias que tentativamente podrían traducirse así: "El influye sobre el maíz, el dios de la muerte. Acumuló muerte sobre nosotros", o, como lo diríamos en nuestro propio estilo: "El dios de la muerte gobierna ahora el crecimiento del maíz. El resultado serán muchas muertes." En laFig. 18 g a i aparecen tres pasajes adivinatorios del Códice de Dresde, con sus traducciones.

La mayor parte de los glifos están aún sin descifrar y, en ausencia de un alfabeto, es muy poco lo que se adelanta. No existe una clave o equivalente maya de la Piedra de Roseta, excepción hecha de la poca información que sobre los glifos del calendario nos dejó el obispo Landa. El desciframiento de nuevos glifos no ayuda en forma apreciable en la tarea de leer los glifos que quedan, ayuda que sí tenemos, por ejemplo, en un crucigrama o en una escritura en que se usa un alfabeto.

Las investigaciones acerca de los jeroglíficos mayas están cruzando ahora una etapa de incertidumbre y frustración. No hace mucho tiempo que algunos estudiosos reclamaron para sí el mérito de haber descubierto la clave del desciframiento; sin embargo, ellos mismos no están de acuerdo, ni en los métodos ni en los resultados; para un elemento glífico común se han alcanzado tantas soluciones como descifradores existen. Estos investigadores afirman que la escritura de los mayas es en parte silábica y en parte alfabética, punto de vista que encuentro difícil de aceptar. No obstante, en uno de los lugares más remotos de Siberia se ha puesto a trabajar una computadora electrónica para respaldar esa afirmación; mas una computadora viene a ser como una máquina de hacer embutidos: lo que sale por un extremo depende de lo que se le introduce por el otro. He aquí, para el caso, un resultado concreto de esos trabajos tan cacareados: unas escenas de la página 20 del Códice de Madrid representan a unos dioses que están sentados o de rodillas; cada uno aparece en una especie de camarín; una pieza transversal del mismo, que tal vez sea su techo, está sostenida por las manos en alto del propio personaje. Según la computadora, los glifos acompañantes explican que la actividad de esas deidades es la fabricación de ladrillos. Aparte del hecho de que su composición gráfica no incluye nada que pudiera indicar, aunque fuese remotamente, algo sobre la hechura de ladrillos, debe recordarse que únicamente en la región del delta de los ríos Grijalva y Usumacinta –territorio de los mayas chontales– se emplearon los ladrillos (no hay en dicha zona piedras para hacer construcciones). El grupo de Siberia está de acuerdo con el punto de vista de que la lengua de los libros mayas que sobreviven es el maya yucateco; y, ciertamente, existe una cantidad impresionante de evidencias en el sentido de que, para el caso, el Códice de Madrid no proviene precisamente de la región del delta. La palabra maya-yucateca hi, de la cual los soviéticos dicen que corresponde a uno de los glifos, no significa arcilla, como afirman, sino que alude a un desgrasante arenoso mezclado con la arcilla; la palabra kak, que ellos dan como la traducción de otro elemento glífico, quiere decir "fuego", no "cosa cocida en un horno", como esos investigadores nos informan.

Algo anda mal cuando la computadora nos sale con una lectura como "fuego de cuarzo-arena", de la que explican que significa cocer ladrillos: este resultado se nos ofrece como la interpretación de unas escenas que nada tienen que ver con fabricar ladrillos; dichas escenas están en un libro compuesto por una rama de los mayas que jamás hizo, específicamente, ladrillos. "Desciframientos" de esta clase sirven únicamente para demostrar cuánta falta hace conocer algo de la etnología y de la lingüística mayas, antes de emprender una investigación a fondo de su escritura jeroglífica. Una persona hace poco informó al mundo –con modestia ejemplar– que había descifrado los glifos después de únicamente dos meses de estudio, en tanto que quienes le habían precedido, agregó, lograron muy poco o nada durante la mayor parte de la centuria. Otra, con un desdeño semejante por los esfuerzos de los demás estudiosos, aunque aprovechando gustosamente sus interpretaciones (pero sin concederles el crédito respectivo), solucionó el complejo enredo de los jeroglíficos gracias a un enfoque marxista-leninista.

La verdad es que estamos muy atrasados en todo esto; yo podría afirmar que realmente nos encontramos casi en el mismo punto donde estábamos hace cerca de un siglo,2 es decir, al principio, cuando se produjo una avalancha de interpretaciones, cada una mucho más fantástica que las anteriores, lo que vino a resultar en que este tema del desciframiento cayera en desgracia y, por muchas décadas, en un virtual abandono. Dentro de una categoría diferente y con resultados importantes están, en cambio, los trabajos realizados sobre textos del Periodo Clásico, que tratan, por cierto, de actividades laicas.

La mayor parte de los jeroglíficos mayas se componen de diversos elementos: un signo principal y otros que son afijos de significado variable. Uno de los signos glíficos comunes se encuentra, por ejemplo, como elemento principal en combinación con cerca de 80 diferentes arreglos de afijos e infijos. Algunos de estos afijos pueden ser variantes el uno del otro, por lo que, como es natural, reducen notablemente el total de significados distintos. Y lo que es más, los afijos no sólo pueden convertirse en signos principales y viceversa, sino que pueden tener formas tanto personificadas como simbólicas. Por otra parte, como los mayas aborrecían la repetición exacta, sucede que con mucha frecuencia el escultor (y, en menor escala, el escriba) se permitía todas las variaciones posibles siempre que era preciso repetir el mismo glifo varias veces en un texto.

En un catálogo que preparé hace algún tiempo,3 presento una lista de 492 signos principales y 370 afijos. Estoy seguro de que investigaciones posteriores demostrarán que algunos no son más que meras variaciones, con lo que la suma de signos se reduciría, quizás, a unos 750 en total.

En algunas inscripciones, principalmente las compuestas de fechas y cómputos, se puede leer una cantidad considerable de glifos; en otras, cuyo tema central parecen ser asuntos rituales, el porcentaje de glifos descifrados es ciertamente muy bajo. ¡En unos cuantos textos no se ha podido descifrar un solo glifo!

Son muchos los casos en que sabemos cuál es el significado del elemento principal, pero es imposible descifrar los afijos; en otros casos sucede a la inversa. Y la cuestión se hace más difícil todavía a causa de las variaciones de significado que puede tener un elemento dado; por ejemplo, el glifo para tun (Fig. 17, núm. 26) puede significar el año aproximado de 360 días, indicar "fin", o servir como elemento enfático, según se ve en el glifo para gran sequía: kintunyaabil, formado de kin, "sol"; tun, "intenso" y yaabil, "por [todo] el año" (Fig. 17, núm. 30), o significa probablemente borde de piedra o de una roca.

Hasta donde se sabe, los textos jeroglíficos del Periodo Clásico tratan en parte del transcurso del tiempo y de asuntos astronómicos, de los dioses en asociación con estos fenómenos y, probablemente, de las ceremonias apropiadas para tales ocasiones.

La señorita Proskouriakoff llegó a la conclusión, no hace mucho, de que los pasajes también tratan de los gobernantes, incluidas algunas fechas; es muy probable que éstas se refieran a sus días de nacimiento y ascensión al poder, así como a aniversarios de hechos de esta naturaleza. Se han podido leer, asimismo, glifos que significan nombres de aquellos gobernantes; y aun se dan nombres de mujeres. De modo que estamos en camino de poder descifrar los elementos con que podremos reconstruir verdaderas dinastías. Heinrich Berlin ha identificado glifos que posiblemente sean los correspondientes a ciudades-Estados.

En los fragmentos históricos que nos quedan de las transcripciones coloniales llamadas Libros de Chilam Balam, las referencias a los hechos de los individuos apenas tienen cabida, y ello sólo cuando la conducta de un personaje afecta el hecho histórico.

La escritura jeroglífica maya fue perfeccionada con el propósito primordial de registrar el paso del tiempo, los nombres y las influencias de los dioses que reinaban en cada uno de los periodos, y de lograr la acumulación del conocimiento de los sacerdotes-astrónomos que se encargaban de estos asuntos. Su empleo para otros propósitos fue sólo una consecuencia secundaria. En esto también se puede observar que el ingenio de los mayas se encaminó hacia un fin que nosotros no consideraríamos utilitario.

La escritura jeroglífica, una vez bastante adelantada, se utilizó igualmente en el contenido de los libros. Estos consistían en una sola hoja de papel que podía medir hasta 20.5 centímetros de altura y varios metros de largo. Se doblaba como un biombo y cada espacio entre los dobleces formaba una página de más de 15 centímetros de ancho: se utilizaban ambas caras de la hoja. Dada su construcción en forma de biombo, había que leer todo el frente del libro antes de pasar al lado de atrás. El contenido se divide en lo que podríamos llamar capítulos, cuyo número de páginas podía ser diverso. La materia para el papel era una fibra extraída de una variedad de higo silvestre. Se martillaba éste como para hacer tela de corteza y, una vez reducida su consistencia a la de un textil, se le cubría con un aparejo delgado de sustancia caliza hasta darle una superficie apropiada para escribir.

De estos libros sólo tres han sobrevivido y se conocen por el nombre de las ciudades donde hoy se conservan. El Códice de Dresde, ejemplo bellísimo de las artes manuales mayas, es la nueva edición, hecha como por 1200 d. C., de un libro creado originalmente en el Periodo Clásico. Su tema es la astronomía (las tablas de los eclipses y de Venus) y la adivinación. El Códice de Madrid,4 de arte muy crudo, es casi seguro que no antecede al siglo XV. Trata de la adivinación y de las ceremonias relacionadas con los varios oficios y rituales de importancia general, como los que se refieren al año nuevo. El Códice de París,4 también de época tardía y cuya manufactura no es de muy buena calidad, ilustra, en uno de sus lados, las ceremonias y probablemente las profecías conectadas con los finales de una secuencia de katunes y tunes. El reverso se ocupa de asuntos adivinatorios. Los primeros escritores españoles nos hablan de códices que tratan de hechos históricos. Ninguno de éstos ha llegado hasta nosotros, aunque es factible que las predicciones de la secuencia de los katunes que contiene el Códice de París sean también históricas en cuanto a que las profecías son proyecciones del pasado sobre el futuro.

La cuenta de los katunes y sus funciones histórica y profética sobrevivieron al influjo de las ideas de los mexicanos que habían penetrado en la región maya. De hecho, aún se mantenían firmes en Tayasal, el reducto de los itzaes, cuando este sitio fue capturado por los españoles en 1697. El obispo Landa habla de esto con algún detalle cuando dice:

Tenían ellos una cierta manera de hacer la cuenta del tiempo y de sus cosas por lapsos… de 20 años… llamados katunes… con ellos llevan la cuenta de sus épocas maravillosamente… Este era el aprendizaje en el que ponían mayor fe… Rendían culto a estos katunes… y se gobernaban por sus supersticiones y supercherías.

Como ya lo hemos hecho notar, mucha de esta sabiduría se conserva en los Libros de Chilam Balam de los tiempos de la Colonia; y el material acerca de profecías que está en el Códice de París, al que nos hemos referido más arriba, es, con seguridad, de tiempos posteriores al arribo de los mexicanos. Una sucesión de dioses (muchos de ellos bastante mexicanizados) regentes de los tunes (años de 360 días) y un fragmento de lo que parece haber sido una cuenta de katunes y medios katunes, se descubrieron pintados sobre las paredes de un edificio enterrado en Santa Rita, al norte de Belice; su fecha oscila entre 1250 y 1500 d. C.

Estos hechos ilustran cómo la arqueología y las fuentes coloniales escritas se complementan mutuamente5. En una escena (Fig. 19), un dios maya de los mercaderes, que se puede reconocer por su nariz "a la Pinocho", lleva sobre su cabeza un mecapal de estructura trenzada –en el original todo esto está iluminado con colores azul y rojo–, agita un sonajero y toca un tambor vertical (compárese con algún tambor de un mural de Bonampak, Lám. 17 b). Un poco abajo y a la izquierda se ve el glifo 7 Ahau, probablemente indicativo de que esta escena tiene lugar en un katún 7 Ahau. Ahora bien, en los Libros de Chilam Balam el tambor y el cascabel o sonajero del katún son como una frase-patrón; en una leyenda de tipo profético para el katún 7 Ahau encontramos la siguiente lectura: "a ese tiempo el tambor abajo aparece, el sonajero arriba [resuena]". Por otra parte, en una serie de profecías katúnicas, al dios principal de los comerciantes, Ek Chuah, se le llama patrón del katún 7 Ahau. Difícilmente se podría encontrar un mejor ejemplo de una línea de investigación dándole autenticidad a otra.

Entre los registros más antiguos que subsisten de una cuenta de katunes (seguramente hubo cuentas de katunes más antiguas aún cuyos registros no han perdurado en forma alguna) y los de las últimas cuentas que se llevaron a cabo en Tayasal han transcurrido 1340 años, que es –¡imagínese el lector si no!– un lapso muy digno de tomarse en consideración para no ver con desdén esas "supersticiones y supercherías".

Es bastante probable que las profecías katúnicas, tal como nos han llegado a través de los Libros de Chilam Balam, se hayan memorizado en cantos o en recitaciones de estilo poético semejantes a los que sabemos se hacían en público. La clave para entender estas manifestaciones completas de comunicación estaba en los textos glíficos condensados, como esos que pueden verse en las páginas de profecías de katunes en el Códice de París y en el de Dresde. Tales textos seguramente se expandían adecuadamente en largos recitativos: funcionaban, pues, como prontuarios, si hubiéramos de llamarlos de algún modo, en los casos en que los versos tendían, por el uso, a desvirtuarse en formas que podían llegar a ser corruptas.

Los detalles del calendario maya, con la urdimbre de sus ciclos concurrentes de la "cuenta larga" para el registro del tiempo, son demasiado complicados para sintetizarlos en estas páginas. Para un conocimiento más completo de esto remitimos al lector a la obra del doctor Sylvanus G. Morley: An Introduction to the Study of the Maya Hieroglyphs y, para un estudio más avanzado, a nuestro libro Maya Hieroglyphic Writing: Introduction.

Sin embargo, al tallar cada Serie Inicial, como se le llama a la cuenta larga (Figs. 15 y 17, núm. 19), los escultores mayas supieron hacer justicia al puesto tan honroso al que habían elevado el tiempo.

La lista de honor de todos los periodos es de una enorme cadencia y viene a ser, en ella misma, como una plegaria a los grandes poderes y una noble oblación a los seres divinos. Y debido, precisamente, a que simbolizaban el credo de su vida, sus esculturas en piedra las hicieron con la fe misma, con la grande humildad y con la amorosa paciencia que igualmente guiaron las manos que bordaron las magníficas vestiduras que usaba el cristianismo medieval. Es como el primer movimiento de la sinfonía del tiempo, como un tesoro en el cúmulo de belleza que adorna a la historia.
NOTAS
1

Para la traducción he escogido palabras que respondan a la fonética del español. En inglés el autor menciona como ejemplo la oración 1 Can see Aunt Peg, que, en rebus, se representa con los dibujos de un ojo, un perro, las olas del mar, una hormiga y una clavija [T.]

2

Una actitud sumamente modesta, ante la impresionante dificultad del desciframiento, hace que esta afirmación del autor resulte un poco exagerada. Hoy día, los avances se acercan a lo espectacular en los descubrimientos en este campo de la glífica maya, aunque quizá nunca se llegue a una interpretación satisfactoria y total. En otra nota hemos mencionado las notables contribuciones, por ejemplo, de Tatiana Proskouriakoff y Heinrich Berlin, dando por descontadas las no menos importantes aportaciones del propio Eric S. Thompson. [T.]

3

J. Eric S. Thompson: A Catalog of Maya Hyeroglyphs. 1 ed. University of Oklahoma Press [publicado con la cooperación de la Institución Carnegie de Washington]. Norman, Okla., 1962, Civilization of the American Indian Series. 458 pp. [T.]

4

El Códice de Madrid es también conocido por el nombre de Tro-Cortesiano, y el de París es el llamado Códice Peresiano. [T.]

5

La idea según la cual para que los métodos de la arqueología lleven a un mejor resultado con menos titubeos han de ser precedidos, o complementados simultáneamente, por el estudio de las fuentes escritas pertinentes, cuando las hay (en el caso de la prehistoria de casi toda la America Latina [y aun parte de la sajona], existen las cartas, memorias, recordaciones, relatos, etc. –no siempre utilizados y hasta ahora no todos conocidos– de los conquistadores españoles), la desarrolla ampliamente el autor en una obra que escribió posteriormente a la presente: J. Eric S. Thompson, Historia y religión de los mayas. 2 ed. México, Siglo XXI Editores, 1977. Serie "América Nuestra" (América Antigua). 486 pp. [T.]

   

 
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